Confesiones de un Converso
Benson era un clérigo anglicano que había hecho todos los esfuerzos posibles por argumentar en contra de lo que su inteligencia le decía era la verdad, a saber: la verdadera Iglesia es la Católica Apostólica Romana. Lo más cerca que estuvo, antes de rendirse a la Fe católica, fue el sostener que la Iglesia Romana era una de las "ramas" de la Iglesia de Cristo, curiosa teoría, rediviva ahora en la alambicada dialéctica del Card. Kasper.
Confesiones de un Converso
(Confessions of a Convert)
De Robert Hugh Benson
Ediciones Rialp
Madrid - 1998
128 págs.
Este delicado librito de memorias consta de un prólogo y ocho ensayos breves, recopilación con correcciones de los publicados originalmente por el autor en la revista The Ave María.
Cuando Benson se bautizó (mejor dicho, completó su bautismo) en la Iglesia católica, venía de un largo itinerario espiritual que lo había ido llevando a las posturas más "avanzadas" del anglicanismo, el llamado "ritualismo", pisando casi los umbrales de la Iglesia Católica. De hecho es uno de los conversos de esa época de oro de la Iglesia en Inglaterra, inaugurada por el Card. Newman y que manifestó sus postreros estertores con las protestas de figuras como Agatha Christie y J.R.R. Tolkien contra los cambios litúrgicos posconciliares.
¿Quién era entonces el que luego sería Mons. Benson, autor de numerosos trabajos literarios y apologéticos, entre los cuales el más conocido en lengua castellana es su novela "El Señor del Mundo", traducida por el P. Castellani?
Benson era un clérigo anglicano que había hecho todos los esfuerzos posibles por argumentar en contra de lo que su inteligencia le decía era la verdad, a saber: la verdadera Iglesia es la Católica Apostólica Romana. Lo más cerca que estuvo, antes de rendirse a la Fe católica, fue el sostener que la Iglesia Romana era una de las "ramas" de la Iglesia de Cristo, curiosa teoría, rediviva ahora en la alambicada dialéctica del Card. Kasper.
Sin embargo prevaleció la verdad y el ejemplo de sus amigos y maestros que como copos de nieve, caían suavemente en el seno de la Iglesia Romana, por lo cual terminó doblegandose a pesar de sus escrúpulos.
Confesiones de un Converso resume las experiencias de esa transición desde un cristianismo formal y vacuo de dogma y moral hasta la Iglesia Católica, a comienzos del siglo XX.
El relato impresiona por ser la apertura del corazón de un anglicano, victoriano, hijo de Arzobispo de Canterbury, figura tan poderosa que marcó toda su vida espiritual... Que un inglés de pura estirpe confiese sus experiencias espirituales de conversión al catolicismo era considerado por su sociedad una verdadera blasfemia. Tal era la vacuedad de esa religión, siendo, sin embargo, en sus formalidades externas tan parecida a la Iglesia que recién León XIII pudo determinar oficialmente que habían perdido la sucesión apostólica. Aquellos anglicanos, vistos con los ojos de hoy por un observador poco informado parecerían casi católicos tradicionalistas.
Por eso impacta tanto como refiere la relación del anglicano más tradicional con Dios. En particular apelamos a un recuerdo de su juventud. Escalando una montaña junto con su hermano, sufrió un fuerte ataque que lo dejó casi inconciente. Mientras su hermano lo trataba de reanimar y finalmente cuando lo acarreaba a hombros montaña abajo, en su mente veía claramente la proximidad de la muerte, situación que recuerda de esta manera: "Ahora bien, ni por un momento experimenté el menor indicio de temor ante la idea de presentarme ante Dios, ni el menor impulso de hacer un acto de contrición por mi vida pasada. Mi religión era de una naturaleza tan impersonal y carente de vida que, aunque nunca dudé de la verdad que me habían enseñado, ni temía a Dios ni le amaba… no me sentía responsable ante Él, ni me conmovía la perspectiva de encontrarme en Su Presencia, una Presencia en la que creía pasivamente, pero nada más.
"Por aquel entonces, esa era mi forma de entender la religión. Yo aceptaba intelectualmente el credo cristiano, pero sin apenas deseo ni emoción. Salvo cortos períodos de un sentimiento superficial, me sentía del todo indiferente: en mi religión no había la menor chispa de vitalidad."
Esta era la fe de este anglicano piadoso, hijo de un personaje distinguido del clero y que luego decidió ser no solo clérigo (sacerdote se consideraba él) sino hasta monje anglicano.
Pasado el tiempo y vividas largas y dolorosas experiencias que relata con extraña objetividad, llegó el día de su ingreso a la Iglesia, su primera comunión válida (ya que las anglicanas no lo son) y luego su ordenación sacerdotal, tras algunos estudios complementarios en Roma.
Luego vino la otra experiencia dolorosa, tras algún tiempo de solaz y consuelo espiritual. La experiencia de ser recibido por los católicos... Aquí nuevamente sus recuerdos nos aleccionan de un modo impresionante:
"En primer lugar, muchos católicos -de cuya fe no cabe duda- adoptan una actitud peculiar en relación con la conversión de los no católicos, en especial si son ingleses. Por supuesto, omito como irrelevante la tibieza del tibio o la auténtica ojeriza de algunas personas realmente celosas de que otras participen en lo que ellas consideran valioso. Es la extraña mentalidad de quienes, practicando con gran fervor su fe, se muestran indiferentes ante las obligaciones proselitistas de la Iglesia. "He oído que Fulano se ha hecho católico, dijo en una ocasión una buena católica. Pero... ¿quién le habrá mandado?"
"Ahora bien: una postura como esta no sólo es un defecto -por emplear una palabra suave- sino, para mi, una auténtica decepción. No conseguía entender que alguien que valore su fe pueda adoptar semejante actitud, que, hablando con sinceridad, no es tan poco habitual como podría parecer. Pues bien, eso no es más que puro sectarismo. Si la religión católica no está destinada a todos, entonces es un fraude: o es católica o no es nada.
"Aquello me resultaba muy desconcertante. Me habían enseñado que los católicos tenían al menos el don del proselitismo, la pasión de convertir, que suele ser uno de los signos de una firme convicción. Y en muchos casos no solo encontré indiferencia, sino una especie de velada oposición hacia cualquier actividad en esa dirección. "Los conversos muestran un celo exagerado, decían… son indiscretos e impulsivos. Es preferible continuar por los clásicos caminos de siempre… guardemos nuestra fe para nosotros y que los demás guarden la suya".
"Últimamente he Ilegado a comprender que en algunos casos este sectarismo puede ser una consecuencia de las leyes penales a las que se han visto sometidos los católicos ingleses. Han tenido que ocultarse y esconder sus sagrados misterios durante tantos años para protegerlos, que ha surgido una confusa tradición en la que es mejor dejarlo estar y arriesgar lo menos posible. En este caso, el sectarismo constituye una especie de honrosa cicatriz, pero no deja de ser un defecto. Curiosamente, no suele aparecer en las viejas familias católicas -estas son más apostólicas- sino en los "espiritualmente nuevos ricos" -católicos de un par de generaciones-, cuyo esnobismo espiritual es más frecuente".
Al leer estas líneas no se puede menos que recordar la actitud de muchos católicos, en especial de los más tradicionales.
A veces resulta beneficioso ser visto con los ojos "de afuera" de alguien que tanto ha sufrido... para estar "adentro".












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