Los Motivos de la Encarnación

Un docto lector, nos acerca su breve reseña de una tesis teológica sobre los motivos de la Encarnación. Se trata de una cuestión disputada (opinión teológica sobre la que el Magisterio no se ha definido) por la cual se nos invita a profundizar sobre el misterio central de la Fe católica, la Encarnación-Redención. Según ella, la Encarnación del Verbo ya estaba en la voluntad divina antes de la creación, puesto que Dios, por medio de la unión hipostática ha querido desde siempre dar al hombre la filiación divina, aunque no hubiese existido el pecado original y la consecuente necesidad de la Redención.

Escribe Alberto G. del Castillo

Del Dios único, se puede afirmar que es también una familia: una augusta comunidad de Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y este único Ser que se conoce a Sí mismo y se ama a Sí mismo, como es perfectísimo, bástase a Sí mismo en la misteriosa Eternidad (que es Él mismo, puesto que Eternidad y Ser son convertibles).

Por eso, aunque en el Entendimiento divino hay un vasto mundo de eventuales criaturas, éstas en nada lo acrecientan, por lo que de suyo no son en absoluto necesarias. Y bien podría por siempre jamás, no ser más que meros posibles. Cobra entonces interés el interrogante de Heiddeger: ¿por qué el ente y no más bien la nada?, al que se puede responder: porque siendo el Ser convertible con el Bien, es por ende difusivo, como dice Dionisio. De lo que se infiere, que tiene como la cuasi necesidad de proyectarse ad extra para que otros participen de su beatitud, y se solacen en su contemplación.

Y estre esos múltiples posibles, se destáca el hombre, en cuya idea ejemplar se perfila una criatura dotada de entendimiento y voluntad, que sintetiza en sí las perfecciones de los entes inferiores a ella, ya que es "…?como dijeron antiguamente, un mundo abreviado"… (Fray Luis de León, en "…Los nombres de Cristo"…).

Pero por excelente que sea esta criatura pensada, no es más que la de un hombre, circunscripta como todo ente a sus estrictos límites ónticos. Y si la suponemos emergida de la nada, no por ello dejará de estar entitativamente a millones de años luz de la suprema realidad del Ser.

De ahí que no se conformará con ser del hombre solo su Creador… será también y principalmente Padre de él.

I) Y como Dios es Amor, y del amor se sabe que hace semejantes a las personas que se aman, pensó desde la eternidad, en alguien que fuera máximamente semejante a Él. No por cierto con el imperfecto modo de una mera criatura racional. Pensó pues en primer lugar en Quien fuera partícipe de su propia naturaleza divina, y que por serlo, fuera digno Hijo suyo… en Alguien cuya naturaleza estuviera íntima unida a la de Él mismo, y cuya Persona no fuera sino la de su mismísimo Verbo.

Primerísimamente pensó pues, - ¡maravilla de las maravillas!- en Jesús, el Hombre-Dios.

Y en tanto que única criatura[1] destinada por la unión hipostática, a adentrarse en el seno de la Deidad trinitaria, pudo en Él y sólo en Él "…tener todas sus complacencias"… (San Mateo, XVII). Y así y en definitiva, haber sido el Hombre-Dios la sola y exclusiva obra maestra del sexto día.[2]

Ya que si el Padre quiso tener hijos adoptivos en Jesucristo, no fue por necesidad, sino libérrimamente, para que graciosamente pudieran participar -conformando su Cuerpo Místico- del Sumo Bien que es Él mismo. Y si bien los miembros son impensables sin la cabeza que los rige, esta divina Cabeza en cambio, puede en absoluto prescindir de ellos. Ya que de las creaturas es más perfecto que todas y cada una de ellas, al extremo que como Arquetipo ejemplar de la especie, posee eminenter, las cualidades de las que numéricamente la componen.

Y si pareciera absurdo imaginarlo a Jesucristo en soledad por siglos de siglos, conviene advertir que, por el contrario, tal cosa fuera pensarlo del indigente Adán en el Edén, mas no de quien habría de estar hipostáticamente unido al mismísimo Verbo divino.

Como por lo demás, Dios obra antes que nada por su propia gloria[3] no hay duda que el Hombre-Dios, habrá Él sólo de darle más gloria que todas las creaturas, ya que como único Hombre asumido por el Verbo, sólo Él tendrá del Padre cabal conocimiento. Tal como lo declara por San Mateo XI, 27, "…?ni al Padre conoce bien nadie, sino el Hijo"…. Y como del perfecto conocimiento se sigue un perfecto amor, se colige que nadie ama bien al Padre, sino el Hijo y que sólo Él lo amará más y mejor que la humanidad y los Ángeles todos.

Y de lo dicho, se desprende ciertamente que el amor del Padre al Hombre-Dios, es de suyo razón suficiente y primera de la Encarnación… de la irrevocable decisión de crear un ser, del que su Verbo asumirá su humana naturaleza.

Dios, antes que de cualesquiera otra criatura, determinó ser "…Padre de Nuestro Señor Jesucristo"… (II Corintios, XI, 31).

Con palabras de Joseph Scheeben expresado: "…?la gloria de Cristo y de Dios mismo… el amor de Dios a Sí mismo y a Cristo son el motivo de la Encarnación"… ("…Los misterios del cristianismo"…).

Este orden de prioridad es insoslayable, porque la Encarnación sitúase en el ámbito de las íntimas relaciones de las divinas Personas, ya que la unión del Hombre con la Persona del Verbo es una operación ad intra, al menos secundum quid, mientras que la creación de los demás hombres es, simpliciter, un obrar ad extra.

De modo que, ni la creación del hombre, ni su eventual redención, sino la Encarnación del Verbo, fue lo primero en el pensar y en la intención del Padre y Supremo Agente divino.

La Redención en cambio, cabe considerarla como supeditada y referida al buen o mal uso que hará el hombre de su libertad. Puesto que indudablemente la voluntad antecedente de Dios fue que el hombre no pecara… que no hubiera habido en suma, necesidad de redimirlo. Así, Cristo deseó que las cosas ocurrieran no tal como sucedieron, como lo demuestra su amargo reproche a los fariseos: "…Jerusalén, Jerusalén? cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos debajo de sus alas, y vosotros no habéis querido"… (San Mateo, XXIII, 37).

Pensar otra cosa, equivale a sostener que Dios quiere positivamente el pecado, y que lo necesita para obtener sus fines. Lo cual es absurdo y también una blasfemia.

II) Pero lo primero en el pensar, o sea la Encarnación del Verbo, no fue lo único en la intención del Padre. Ya que en Jesucristo y por Jesucristo determinó ser "…?principio de toda familia en el cielo y sobre la tierra"… (Efesios, III, 14-15). Y constituirlo así Cabeza de una ingente multitud que en Él y por Él fueran dignos hijos adoptivos suyos.

Elevados desde ya al orden sobrenatural en virtud de la unión hipostática, que es de Cristo y en Cristo como un desposorio con la humana naturaleza. Este connubio se proyecta, como dice Fray Luis de León "…a cada una de las ánimas justas, de las que quiso ser nuestro Esposo"… ("…Los nombres de Cristo"…).

Empero esta decisión, conviene remarcarlo, se fundamenta en la intención del Padre de acrecentar la gloria del Hijo, mientras que al hombre -que en su preciencia lo vio precipitarse en el abismo del pecado- bien pudo considerarlo no digno de ser creado. Y como de Judas hubo el Señor de afirmar "…Mejor le fuera no haber nacido"… (San Mateo, XXVI, 24), pudo así juzgar del hombre y no haberle dado el ser. O en todo caso, no haberlo hecho partícipe de la vida divina. Y en ese supuesto, no habría cometido injusticia alguna, poque de suyo la naturaleza humana, no exige transcender los límites en que la encuadra su propia esencia.

La decisión irrevocable de crear al hombre, será pues consecuencia de la Encarnación prevista. Y así, creará al hombre por amor a Jesucristo y no a Jesucristo por amor del hombre… al hombre por amor al Hombre-Dios y no al Hombre-Dios por amor del hombre.

Y a este sapiencial orden de prioridad alude San Pablo en Colosenses al afirmar, refiriéndose a Cristo, "…que todas las cosas fueron creadas en atención a Él mismo"… (I, 15). Pensadas pues y queridas en segundo término, lo que no empece, hayan sido primeras en la ejecución.

Y gracias a la Encarnación, nuestra relación con Dios no es la infinitamente distante entre creatura y Creador, sino la cercana y familiar de los hijos adoptivos con su Padre. Por ende, éste de Padre es el primer título que tiene Él frente a nosotros. Y merced a Jesucristo, y desde Él, la gracia de su paternidad se extenderá a todos sus hermanos menores, que conforman su Cuerpo Místico.

III) Llegamos así en esta enumeración al tercer motivo de la Encarnación, que fue de glorificar a la que "…ama más que a todos los Ángeles y hombres"…, que dice San Luis María Grignion de Montfort, a la Santísima Virgen María, que habría de ser la dignísima Madre de su Hijo… única creatura que por la Maternidad Divina es, después de Jesucristo, la más cercana al orden hipostático, y por ende al íntimo seno de la Deidad Trinitaria.

IV) Digamos, en cuarto lugar, que si bien y desde ya la Encarnación fue dispuesta también en vista de la Redención, es no obstante necesario puntualizar que el primer objetivo que tuvo Jesucristo en su sacrificio cruento, no fue el de redimir al hombre, sino el de desagraviar a su Padre celestial, ya que obviamente lo amó y lo ama más que a la humanidad toda.

Y eso lo puso en claro nuestro Salvador, cuando instantes antes de encaminarse al huerto donde lo prendieron, les dijo a sus discípulos: "…Para que conozca el mundo que yo amo al Padre ? levantaos y vámonos de aquí"… (San Juan, XIV). Cierto es entonces, ¿quién lo duda? que "…Dios amó tanto al mundo, que dio su Hijo unigénito"… (San Juan, III, 16).

Pero dicho en los términos con los que se expresa Scheeben: "…?Cristo pudo cargar sobre sí la pasión y la muerte por amor a los hombres a fin de redimirlos, pero aún más pudo hacerlo por amor a Dios, para reparar su honor ultrajado"… ("…Los misterios del cristianismo"…).

V) Finalmente, Dios quiso encarnarse para redimir al hombre, según lo enseña San Juan: "…Él ha venido para quitar nuestros pecados"… (en I, 3-5).

Objeciones

Salgamos ahora al paso de una objeción que se puede formular, puesto que esta exposición doctrinal no parece coincidente con la de los que con Santo Tomás opinan "…la Encarnación ha sido ordenada por Dios para remedio contra el pecado, ya que en la Escritura se da como razón de la Encarnación al pocado del primer hombre"… (Summa Theologica, III ª pars, q. 1, art. 3).

Y bien, al respecto conviene tener presente que si bien el santo doctor, se inclinó por esta sentencia, no la dio como definitiva. Tanto así que de ella dice, "…parece se debe asentir con preferencia"…, sin perjuicio de aclarar en la misma quastio que "…Dios hubiera podido encarnarse aún sin el pecado"….

Se trata pues de una cuestión opinable, en la que preclaros teólogos como San Alberto Magno, Duns Scoto, Suárez, Molina, San Francisco de Sales, Joseph Scheeben y otros muchos juzgaron de distinto modo. De lo que no hay que extrañarse, ya que en rigor, el texto sacro no afirma que el pecado fue la "…única razón de la Encarnación"….

Así por ejemplo, de que "…Él ha venido para quitar nuestros pecados"… como dice San Juan en I, 3-5 no se puede deducir que vino por sólo ese motivo. Y tampoco del texto paulino de "…Cumplido que fue el tiempo, envió Dios a su hijo ? para redimir ? etc."… (Gálatas, IV, 4-5). En efecto, el que nos lo haya dado como Redentor no implica negar que ya antes había determinado ser nuestro Padre en su Hijo Jesús. Y que en virtud de esa paternidad, al redimirnos nos hizo recuperar la adopción perdida.

Y con el propósito de dilucidar mejor la cuestión, formulémonos ahora este interrogante: ¿Dios es nuestro Padre, porque nos redimió? ¿o nos redimió porque ya era nuestro Padre? Nos parece que en la pregunta subyace la respuesta.

Evidentemente determinó primero proyectarse ad extra y ser pues nuestro Padre en y por Jesucristo Nuestro Señor, y consecuentemente, previendo habríamos de contraer la lepra del pecado, dispuso redimirnos en y por su santísimo Hijo.

Ni más ni menos, que como alguien que quiere tener un hijo, del cual sabe que se va a enfermar. Lo querrá tener, porque su obvia y primera intención es la de proyectarse en la paternidad. Y si se enferma, claro está, habrá de ser de él médico solícito. Lo querrá tener, no porque se va a enfermar, sino a pesar de que se va a enfermar.

Símilmente, de no haber sido preciso redimirnos, va de suyo que "…mayor motivo"… hubiera tenido para determinarse a ser nuestro Padre en Cristo.

Y lo increíble es precisamente que sabiendo, el hombre iba a incurrir en grave culpa, haya no obstante querido que fuéramos sus hijos adoptivos.

No deja de ser significativo, que el de Padre, sea el primer nombre que le damos en la oración dominical. "…Padre nuestro"… decimos y no "…Redentor nuestro que estás en los cielos"….

En esta perspectiva, pues, la tesis de que la Encarnación fue exclusiva consecuencia del pecado, vuélvese en extremo conjetural. Y vale entonces mucho más lo que dice San Agustín: "…Multa, qua in Incarnatione Filii Dei salubriter intuenda atque cogitanda sunt"… (De Trinitate, 1, 12, c. 17). ("…Muchas cosas hay en la Encarnación del Hijo de Dios, que hay saludablemente que considerar y pensar"…).

Y para reforzar la argumentación, planteémonos esta otra pregunta a propósito del título que a Nuestro Señor le da el Apóstol de las Gentes: "…?pues os tengo desposados con este único Esposo que es Cristo"… (en II Corintios, II, 2).[4] ¿Cristo es Esposo porque nos redimió? ¿o nos redimió prque ya era nuestro Esposo?

Había un príncipe que decidió casarse con una rústica vasalla suya, y he aquí que mientras se encaminaba a pedir su mano, se entéra que ha contraído una gravísima enfermedad, que nadie puede curar. Baja no obstante por la senda que lo conduce al valle y llegado ya a su casa, se allega a su lecho, y después de examinarla, como era sapientísimo, le da la apropiada medicina que le salva la vida. Todos por cierto comentaban, la actitud del príncipe que -decían- la había visitado para curar su grave dolencia. Y ciertamente se equivocaban al pensar que ese había sido el único motivo, ignorando que él con antelación, había decidido ser su esposo.

¿Qué sentido tiene, suponer que no se hubiese casado, si la muchacha hubiera gozado de perfecta salud? ¿O imaginar, que sólo se casó porque entrevió que se iba a enfermar?

Símilmente, lo correcto es pensar que por la Encarnación, Cristo se vuélve nuestro Esposo, y que contraída la lepra del pecado se hace consecuentemente nuestro Médico, o sea nuestro Redentor. De lo que resulta que el misterio de la Redención hay que visualizarlo desde la luz y en la luz que proyecta el misterio de la Encarnación, y no a la inversa.

Ilustrativo es al respecto el sabroso texto de San Pablo en su carta los Efesios (I, 4-5): "…?por Él mismo nos escogió antes de la creación del mundo ? habiéndonos predestinado al ser de hijos suyos adoptivos por Cristo a gloria suya?"…

El texto es rico en significados: "…Por Él mismo"…, lo que supone su prevista Encarnación… "…antes de la creación del mundo"… o sea ya antes del pecado… "…?habiéndonos predestinado al ser de hijos adoptivos por Jesucristo, a gloria suya?"… en virtud pues de la gran familia ad extra que querrá tener en y por su Encarnado Verbo, para su gloria y la de Cristo Señor Nuestro.

Y entonces, como nada ni nadie podrá frustrar su eterno designio, claro es que si contrariando su voluntad antecedente, se comete el pecado, habrá desde ya, la consiguiente Redención.

Si se objetara acaso, que pareciera haber sido inverso el orden de los acontecimientos, convendrá advertir que lo que cuenta no es el antes o el después de los sucesos temporales, sino el ordenamiento eterno y sapiencial que las cosas tienen en el Entendimiento divino.

Para finalizar, hagamos una breve exégesis de dos textos de San Pablo.

a) A los gálatas (IV, 4-5): "…Cumplido que fue el tiempo envió Dios a su Hijo? a fin de que recibiésemos la adopción de hijos"…. Y bien, si el pecado fue el único motivo de la Encarnación, al texto transcripto, podría hacérsele algún agregado que lo complete y nos haga patente su implícita significación.

Helo aquí: Cumplido que fue el tiempo, y gracias a la injuria inferida al Padre Celestial, envió Dios a su Hijo? a fin de que en virtud de dicha gravísima ofensa, recibiésemos la adopción de hijos? De modo pues, que si Adán hubiera obedecido, Dios no hubiera enviado a su Hijo… por ende no habría habido elevación al orden sobrenatural y nosotros no seríamos sus hijos adoptivos.

Pero como Él quiso lo mejor -que fuéramos sus hijos- hay que concluir que tuvo absoluta necesidad del pecado, para cumplir sus designios... Esta conclusión es absurda.

b) A los efesios (I, 4-5): "…Bendito el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo que nos ha colmado en Cristo de toda suerte de bendiciones"….

Si fuese verdadera la tesis que impugnamos, lo que San Pablo nos quiere decir, aunque implícitamente, es lo siguiente: Bendito el Dios y Padre de Nuestro Señor, que por haber sido ofendido gravemente, nos ha colmado en Cristo de toda suerte de bendiciones, merced, por supuesto, a esas mismísimas injurias? O sea que el buen comporamiento de Adán hubiera sido catastrófico, pues faltando Cristo, no hubiéramos recibido bendición alguna. Y de este modo Dios, pareciera, habría estado más dispuesto a premiar la desobediencia que la docilidad a sus mandatos. Conclusión también absurda, a la que, de atenernos, deberíamos conjeturar que Adán, de no haber cometido la transgresión, estaría todavía privado de la filiación divina? regando las plantas en el jardín?

[1]"…La proposición, Cristo es creatura, es verdadera según la naturaleza humana, ya que por razón de la (misma) naturaleza, le conviene ser creatura"… (Summa Theologica, III ª pars, q. XVI, art. 10).

[2]El texto del Génesis "…Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra"… (I, 28) tiene un sentido explícito que hace obvia referencia a Adán y a su descendencia, y otro implícito en el que se alude a Jesucristo, verdadero Arquetipo de la especie del cual es aquél imagen. Ello así, porque de lo que es perfectísimo es imagen lo menos perfecto.

[3]Dios obra por amor a Sí mismo. Algo es digno de ser amado en razón de su grado de bondad y perfección. Y siendo Dios máximamente bueno y perfecto, cabe que se ame infinitamente a Sí mismo. Por lo que en su obrar ad extra procede primero y absolutamente en atención a Él mismo. Y secundariamente por las creaturas, a las que ama según el grado de perfección que les confiere.

[4]"…Cristo es Esposo de toda la Iglesia y de cada una de las ánimas justas"… (Fray Luis de León, en "…Los nombres de Cristo"…).

(Los textos de Matías J. Scheeben, se transcriben íntegros en el N º 91/92 de la revista Roma del año 1985).

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